Un
día como cualquiera, la felicidad estaba en el aire, las risas se escuchaban
por doquier. Yo no esperaba algo importante para ese día, pensé que sería como
cualquier otro, sonrisas falsas y abrazos forzados.
Pero,
llegaste tú, al principio no te presté atención, o eso me digo yo. Pero estabas
ahí, presente.
Nos
presentaron, me diste la mano, algo normal, y lo dejé pasar.
Un
poco más tarde, salí a la noche, el cielo estaba oscuro, nada brillaba en él,
pero la inminente brisa, lo compensaba.
Me
senté junto a ti, te hablé, escuché tu voz, suave, pero a la vez fuerte; tersa,
pero a la vez áspera. Acariciabas cada sílaba con tus labios. Me contaste que
tú también deliras, quiero decir, que tú también escribes; creo que eso hizo que
me fijara más en ti. Me contaste sobre tu vida, te conocí un poco, aunque
quería conocerte más. Te hablé de mí, y de verdad parecía que te importaba.
Y
llegó ese momento, tan simple, tan tonto, un momento en el que me hablaste tan
profundo, con tanta delicadeza, que ¡oh, Dios!, hizo temblar mi mundo. Quizás para
ti no fue nada, pero para mí lo fue todo.
Me
mirabas, me sonreías, te fijaste en mí, aunque sea un poco.
Estaba
tan abstraída por ti, mi mente volaba; era una niña en ese momento; temblaba
por dentro, y por fuera también, mis manos eran la prueba. Esta tan perdida en
ti.
El
tiempo pasó volando, la noche estaba en su clímax, en donde todo era más puro,
más perfecto, donde la luna dominaba el camino, donde el sol ya no tenía un
lugar.
Y,
a pesar de no quererlo y de no poder evitarlo, me tocó despedirme de ti. Te sonreí,
me diste la mano y un beso en la mejilla, y me dijiste “fue un gusto conocerte”,
y yo saltaba por dentro, porque el gusto total y completamente fue mío.
Porque
en tan solo dos horas te convertiste en alguien sumamente difícil de olvidar y
casi imposible de volver a conocer. Porque gracias a ti, los hombres ya no son
iguales para mí, y porque gracias a ti, volví a escribir. Así que, gracias
totales, por aparecer en mi vida, fugaz, pero dejando huellas.
Y,
ahora me toca decirte adiós con este escrito, cerrar un ciclo y pasar la
página, porque eres de esos que son difíciles de alcanzar, de superar, pero aún
más, de olvidar.
Así
que, adiós, y gracias por ese día, que pasó de ser “nada” a serlo “todo”.
Adiós,
ser libre de alas plegadas.
Adiós,
luchador constante.
Adiós,
poeta y amante anhelante.
Adiós a ti...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario