Siento tu dolor. ¡Oh, sí que lo siento¡
De una manera en la cual ya no sé en qué punto termina el
tuyo y comienza el
mío.
Te siento tan dentro, tan mío.
Cada una de tus palabras me rompen, me agrietan.
Estoy sumida en un mar de dolor, en un mar tan negro. En un
mar que tengo miedo de que sea tu alma. Porque sé que no hay salida, que no hay
fondo que tocar.
Tu dolor es tan puro, tan crudo. Tan
mío.
Mi alma se desintegra de tan sólo pensarlo, de tan siquiera
pensarte.
Y te odio, te odio tanto por ello.
Y me duele, me duele tanto, amor.
Porque he llegado a un punto, en el que tu dolor es mi
dolor, tu angustia es mi calvario. Pero tu corazón, no es mío.
Y tú, tan ciego y tan tonto, no te das cuenta de que por ti
podría darlo todo. Podría sanarte, o ayudarte a lograrlo. Podría amarte sin
miedo alguno. Podría hacerte mío.
Pero eres ciego, ciego a tu entorno, a tu propio ser.
Y te odio. Te odio por hacerte sufrir, porque tu dolor, en parte
es mi dolor. Pero tu corazón y tu alma, son tuyos sin remedio alguno. Son
tuyos, para entregarlos a cualquier persona, que lo máximo que podrían hacer
por ti, es pisotearlos. Pero yo no, amor. Yo no.
Yo te amaría sin remedio y límite alguno. A ti, a tu alma,
a tus problemas, a tus alas partidas.
Te ayudaría a curarte, te ayudaría a perdonarte, te
ayudaría a amarte. Te ayudaría a ser tú, ángel guerrero con alas
partidas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario