martes, 13 de septiembre de 2016

Érase una vez.

Érase una vez, dos almas estaban destinadas a encontrarse.

Érase una vez, dos seres estaban destinados a amarse.

Pero, la vida no estaba de acuerdo con ello.

Todo sería tan perfecto si estuvieran juntos. No más dolor, no más lágrimas derramadas. No más corazones y mentes rotas.

Y ellos, ellos sufrían. Aún sin conocerse, lo hacían. Porque sabían que en algún lugar del universo, alguien estaba esperando por ellos.

Y aún en la distancia, compartían su dolor.

Ella era una mujer alegre, a la cual le encantaba el invierno. Le encantaba que el viento rozara su cabello, y que sus lágrimas pudieran ser capaces de disolver los copos de nieve que caían en sus mejillas. Ella era una mujer valiente, independiente. Una mujer que amaba las comedias malas, y las novelas rosas. Amaba sentarse frente a la chimenea, con un buen libro (lo cual no era siempre), una gran taza de café y una manta que la abrigara hasta los sentimientos más fríos que albergara en su interior. Ella, amaba cocinar tartas de manzana. Ella era una mujer con un gran corazón.

Y ella, esa pobre mujer, soñaba todas las noches con él. Su hombre ideal, su alma gemela.

En sus sueños, ellos eran felices, juntos, poco a poco fueron construyendo una gran relación. Ellos, se amaban.

Él, él era un hombre tímido, con miedo a demostrar el gran hombre que era. Él amaba el verano, amaba la sensación de la arena entre los dedos de sus pies. Amaba el calor que le brindaba el sol. Él, eran un hombre trabajador. Un hombre que amaba el jazz, y el rock viejo. Él se consideraba un hombre promedio. Ese hombre amaba leer grandes libros de historia y de ciencia. Él, no era un hombre cualquiera. Su pasatiempo favorito era pasear a su perro mientras contemplaba el amanecer a la orilla de la playa. Él odiaba cocinar, ni un poco de agua sabía calentar. Por lo que vivía a base de comida rápida, él era un amante de las papas fritas.

Pero él, al momento de llegar la noche, tenía miedo a dormir. 

Miedo, de que ella no apareciera en sus sueños. De no poder seguir forjando su relación. Pero él no tenía nada que temer, ella siempre estaría en ellos.

Sus sueños eran tan reales, tan perfectos. Ella cocinaba para él, mientras que él cantaba una poco de jazz antiguo para ella. Aunque eran tan diferentes, se complementaban. Eran realmente felices.

Pero esos sueños no duraban para siempre. La vida, el destino, llamase como quiera, no quería que ellos estuvieran juntos.

Por lo que fuera de sus sueños, ellos no se sentían completos. Y era tan triste, ella lloraba, ya no cocinaba. Y él, él cada día se cerraba más con la gente, ya casi no hablaba. Ya no salía, su piel, poco a poco iba perdiendo el ligero bronceado que el sol le regalaba.

Por lo que ella y él, decidieron emprender un viaje. Alejarse de todo aquello que los hiciera recordarse. Ella, hasta llegó a tomar pastillas para dormir, para así no poder soñarlo y seguir sufriendo.Y él, recurrió al gran amigo de un corazón roto, el alcohol; todo, con tal de no pensarla.

Ese gran viaje que emprendieron comenzó al tomar un tren, con destino desconocido. Ellos sólo querían olvidarse.

En la primera parada, ellos sintieron el verano y escucharon versos de algunas novelas rosas. Ella lloraba tanto. Y él, él estaba perdido en sus pensamientos.

En la segunda parada, el olor de tarta de manzana invadió por completo el vagón, y los ladridos de un perro se escucharon por los altavoces del tren. Ahora era él el que lloraba, porque ella, de tantas lágrimas derramadas, perdió las fuerzas y se quedó dormida.

En la tercera parada, copos de nieves caían por doquier y el olor de papitas fritas impregnó el lugar. Ahora, él y ella estaban conscientes. Y esos dos pobre seres, no podían dejar de pensarse.

En la cuarta parada, ella decidió estirar las piernas y caminar hacia otro vagón, estaba tan ida. Y él, decidió ir a la cocina, a buscar un poco de esa comida chatarra que tanto amaba.

En la quinta parada, ella tropezó con alguien, alguien que olía a sol y arena, alguien que ella sabía que no podía existir. Por lo que no levantó la mirada y siguió caminando. Y él, él también tropezó con alguien, alguien que era imposible que fuera ella, pero aun así, la siguió.

En la sexta parada, él tocó su hombro, y ella, ella tembló. Tembló porque lo que ese toque le hizo sentir, era lo mismo que él le provocaba en sus sueños.

En la séptima y última parada, ella murmuró su nombre, y él, la abrazó. Y por primera vez, se miraron a los ojos, y no, no era un sueño. Por fin ella y él, estaban juntos. Sintiendo el golpeteo de sus corazones. Respirando el mismo aire.

Ella y él bajaron del vagón tomados de la mano. Su destino era un lugar al que nunca habían pensado ir, un lugar que era perfecto para los dos. Ese lugar, era el escenario de sus sueños.

Ella y él no podían creer lo que estaba pasando. Estaban juntos. Ella no podía creer que él de verdad existiera, y él no podía que la estuviese tocando fuera de sus sueños.

Pero la verdad es, que todos esos sueños y sentimientos, eran reales, tan reales que eran imposibles de creer. Cada noche, al dormir, tomaban el mismo tren y llegaban al destino en donde sus sueños cobraban vida.

Por lo que se podría decir que ella y él, nunca estuvieron separados.

Ella y él, desafiaron el destino, a la vida. Porque sus almas eran tan perfectas juntas, que sin saberlo, estaban unidas, totalmente unidas.Y que sin importar nada, siempre lo estarían.

Érase una vez, dos almas estaban destinadas amarse y encontrarse.

Érase una vez, donde ella y él se encontraron y se amaron.

Se amaron tanto que desafiaron lo imposible.

Érase una vez, donde ella y él soñaron eternamente. Dormidos y despiertos, dio igual. Ellos se amaron. 

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