martes, 13 de septiembre de 2016

¿Desvarío?

Siento tu dolor. ¡Oh, sí que lo siento¡

De una manera en la cual ya no sé en qué punto termina el tuyo y comienza el mío.                       

Te siento tan dentro, tan mío. 

Cada una de tus palabras me rompen, me agrietan. 

Estoy sumida en un mar de dolor, en un mar tan negro. En un mar que tengo miedo de que sea tu alma. Porque sé que no hay salida, que no hay fondo que tocar.   

Tu dolor es tan puro, tan crudo. Tan mío.                                    

Mi alma se desintegra de tan sólo pensarlo, de tan siquiera pensarte. 

Y te odio, te odio tanto por ello.

Y me duele, me duele tanto, amor. 

Porque he llegado a un punto, en el que tu dolor es mi dolor, tu angustia es mi calvario. Pero tu corazón, no es mío. 

Y tú, tan ciego y tan tonto, no te das cuenta de que por ti podría darlo todo. Podría sanarte, o ayudarte a lograrlo. Podría amarte sin miedo alguno. Podría hacerte mío. 

Pero eres ciego, ciego a tu entorno, a tu propio ser. 

Y te odio. Te odio por hacerte sufrir, porque tu dolor, en parte es mi dolor. Pero tu corazón y tu alma, son tuyos sin remedio alguno. Son tuyos, para entregarlos a cualquier persona, que lo máximo que podrían hacer por ti, es pisotearlos. Pero yo no, amor. Yo no. 

Yo te amaría sin remedio y límite alguno. A ti, a tu alma, a tus problemas, a tus alas partidas. 

Te ayudaría a curarte, te ayudaría a perdonarte, te ayudaría a amarte. Te ayudaría a ser tú, ángel guerrero con alas partidas. 

Te ayudaría, te amaría. Tanto, tanto...

Érase una vez.

Érase una vez, dos almas estaban destinadas a encontrarse.

Érase una vez, dos seres estaban destinados a amarse.

Pero, la vida no estaba de acuerdo con ello.

Todo sería tan perfecto si estuvieran juntos. No más dolor, no más lágrimas derramadas. No más corazones y mentes rotas.

Y ellos, ellos sufrían. Aún sin conocerse, lo hacían. Porque sabían que en algún lugar del universo, alguien estaba esperando por ellos.

Y aún en la distancia, compartían su dolor.

Ella era una mujer alegre, a la cual le encantaba el invierno. Le encantaba que el viento rozara su cabello, y que sus lágrimas pudieran ser capaces de disolver los copos de nieve que caían en sus mejillas. Ella era una mujer valiente, independiente. Una mujer que amaba las comedias malas, y las novelas rosas. Amaba sentarse frente a la chimenea, con un buen libro (lo cual no era siempre), una gran taza de café y una manta que la abrigara hasta los sentimientos más fríos que albergara en su interior. Ella, amaba cocinar tartas de manzana. Ella era una mujer con un gran corazón.

Y ella, esa pobre mujer, soñaba todas las noches con él. Su hombre ideal, su alma gemela.

En sus sueños, ellos eran felices, juntos, poco a poco fueron construyendo una gran relación. Ellos, se amaban.

Él, él era un hombre tímido, con miedo a demostrar el gran hombre que era. Él amaba el verano, amaba la sensación de la arena entre los dedos de sus pies. Amaba el calor que le brindaba el sol. Él, eran un hombre trabajador. Un hombre que amaba el jazz, y el rock viejo. Él se consideraba un hombre promedio. Ese hombre amaba leer grandes libros de historia y de ciencia. Él, no era un hombre cualquiera. Su pasatiempo favorito era pasear a su perro mientras contemplaba el amanecer a la orilla de la playa. Él odiaba cocinar, ni un poco de agua sabía calentar. Por lo que vivía a base de comida rápida, él era un amante de las papas fritas.

Pero él, al momento de llegar la noche, tenía miedo a dormir. 

Miedo, de que ella no apareciera en sus sueños. De no poder seguir forjando su relación. Pero él no tenía nada que temer, ella siempre estaría en ellos.

Sus sueños eran tan reales, tan perfectos. Ella cocinaba para él, mientras que él cantaba una poco de jazz antiguo para ella. Aunque eran tan diferentes, se complementaban. Eran realmente felices.

Pero esos sueños no duraban para siempre. La vida, el destino, llamase como quiera, no quería que ellos estuvieran juntos.

Por lo que fuera de sus sueños, ellos no se sentían completos. Y era tan triste, ella lloraba, ya no cocinaba. Y él, él cada día se cerraba más con la gente, ya casi no hablaba. Ya no salía, su piel, poco a poco iba perdiendo el ligero bronceado que el sol le regalaba.

Por lo que ella y él, decidieron emprender un viaje. Alejarse de todo aquello que los hiciera recordarse. Ella, hasta llegó a tomar pastillas para dormir, para así no poder soñarlo y seguir sufriendo.Y él, recurrió al gran amigo de un corazón roto, el alcohol; todo, con tal de no pensarla.

Ese gran viaje que emprendieron comenzó al tomar un tren, con destino desconocido. Ellos sólo querían olvidarse.

En la primera parada, ellos sintieron el verano y escucharon versos de algunas novelas rosas. Ella lloraba tanto. Y él, él estaba perdido en sus pensamientos.

En la segunda parada, el olor de tarta de manzana invadió por completo el vagón, y los ladridos de un perro se escucharon por los altavoces del tren. Ahora era él el que lloraba, porque ella, de tantas lágrimas derramadas, perdió las fuerzas y se quedó dormida.

En la tercera parada, copos de nieves caían por doquier y el olor de papitas fritas impregnó el lugar. Ahora, él y ella estaban conscientes. Y esos dos pobre seres, no podían dejar de pensarse.

En la cuarta parada, ella decidió estirar las piernas y caminar hacia otro vagón, estaba tan ida. Y él, decidió ir a la cocina, a buscar un poco de esa comida chatarra que tanto amaba.

En la quinta parada, ella tropezó con alguien, alguien que olía a sol y arena, alguien que ella sabía que no podía existir. Por lo que no levantó la mirada y siguió caminando. Y él, él también tropezó con alguien, alguien que era imposible que fuera ella, pero aun así, la siguió.

En la sexta parada, él tocó su hombro, y ella, ella tembló. Tembló porque lo que ese toque le hizo sentir, era lo mismo que él le provocaba en sus sueños.

En la séptima y última parada, ella murmuró su nombre, y él, la abrazó. Y por primera vez, se miraron a los ojos, y no, no era un sueño. Por fin ella y él, estaban juntos. Sintiendo el golpeteo de sus corazones. Respirando el mismo aire.

Ella y él bajaron del vagón tomados de la mano. Su destino era un lugar al que nunca habían pensado ir, un lugar que era perfecto para los dos. Ese lugar, era el escenario de sus sueños.

Ella y él no podían creer lo que estaba pasando. Estaban juntos. Ella no podía creer que él de verdad existiera, y él no podía que la estuviese tocando fuera de sus sueños.

Pero la verdad es, que todos esos sueños y sentimientos, eran reales, tan reales que eran imposibles de creer. Cada noche, al dormir, tomaban el mismo tren y llegaban al destino en donde sus sueños cobraban vida.

Por lo que se podría decir que ella y él, nunca estuvieron separados.

Ella y él, desafiaron el destino, a la vida. Porque sus almas eran tan perfectas juntas, que sin saberlo, estaban unidas, totalmente unidas.Y que sin importar nada, siempre lo estarían.

Érase una vez, dos almas estaban destinadas amarse y encontrarse.

Érase una vez, donde ella y él se encontraron y se amaron.

Se amaron tanto que desafiaron lo imposible.

Érase una vez, donde ella y él soñaron eternamente. Dormidos y despiertos, dio igual. Ellos se amaron. 

Débil.

Débil.

Eso me haces sentir. Debilidad. Miedo.

Decir tu nombre es una tortura para mis labios.

Soy tan débil a tus palabras.

Una pequeña niña indefensa ante tu alma, tu recuerdo.

Te odio.

No, no lo hago.

Pero me haces sentir tan débil, y odio eso.

Ésta no soy yo. Soy una masa moldeable de sentimientos. Soy débil.

Débil de sentimientos, de palabras. Soy débil ante ti.

Tu recuerdo, tus sentimientos, tus benditas palabras dulces y amargas, tan frías y dolidas.

La debilidad me define.

Tu nombre me atormenta.

Tus te quiero me debilitan.

Y el no poder alejarme de ti, de tu ser, de tu alma; eso, eso me mata. 

jueves, 4 de agosto de 2016

A veces.

Lo acepto, a veces te pienso. No lo niego.

A veces, tu nombre me viene a la cabeza, sin yo quererlo.

A veces te imagino; a veces, hasta siento que te respiro. Te siento muy cerca de mí, aunque no lo quiera.

A veces, me gustaría saber lo que piensas sobre mí. Pero, luego recuerdo que no tú no recuerdas casi nada sobre mí, y que, lo más seguro es que, ni pienses en mí.

A veces, la mayoría de las veces, quisiera cerrar los ojos y al abrirlos, estar a tu lado.

A veces, desearía tener un giratiempos, y así poder volver a vivir el momento en el que te conocí.    

Desearía haber aprovechado más el poco tiempo que pasé junto a ti, haberte preguntado tu color favorito, tu animal preferido, si te gusta el olor de un libro nuevo. Si piensas que las estrellas son el reflejo de las almas de aquellas personas que ya no están con nosotros.

Preguntarte si te gusta bailar en la lluvia, o si te dan miedo las tormentas. Me gustaría haberte preguntado tantas cosas, cariño. Tantas.

Pero sé, que si todas esas preguntas hubiesen sido formuladas, quizás las cosas habrían tomado un camino muy diferente.

Quizás te hubieses interesado en mí, o quizás no.

Lamento mucho haber perdido el tiempo, amor, lo lamento tanto.

Pero mi parte racional le dice a la egoísta, que no, que es mentira. No lo lamento, porque  entonces ciertas cosas que pasaron no lo hubiesen hecho. Y eso, cariño, estaba más que destinado a pasar.

Pero no sé, hay momentos en los que mi mente comienza a desvariar, y te piensa. Piensa en todo eso que he dicho.

Justo ahora me gustaría estar a tu lado, que pudieras ver como trato de expresar todo lo que todavía me haces sentir. Me gustaría que pudieras escribir junto a mí, darle vida a mil historias. O solo me gustaría estar a tu lado para poder abrazarte, y poder ayudarte a drenar un poco el dolor que en estos momentos te agobia.

A veces, te pienso y me haces crear versos.

A veces, te imagino. Imagino tus ojos color café. Tus labios rojos. Tu cabello azabache. Tu piel canela. Tu sonrisa picara.

Sí, a veces te imagino, porque ha pasado tanto tiempo desde nuestro encuentro, que ya no te recuerdo como quisiera.

Pero, cariño.

Tu voz, aún la recuerdo.

Tu aroma, aún lo anhelo.

Tu piel, oh, amor; aún la siento.

Tu alma, tu corazón, oh, cariño; aún los tengo.

¿Huir es una opción?

Tu voz, tu forma de hablar.

Tu escritura, tu humildad.

De todo eso tengo que huir. Pero aún no sé si esa sea una opción.

Tengo que huir, porque ya sufrí una vez de esta manera. Y, es algo todavía no superado.

Así que, me toca huir. Huir mientras la razón y el corazón me lo permitan.

Por lo que, por favor, no me tientes más. No me hables más.

Porque siento que tu voz me atrapa, y tengo miedo de no poder escapar de ella.

Tengo miedo de ti.

De tus versos, de tu voz.

Así que, huyo mientras pueda.

De ti.

De tu voz.

De tus versos.

De ti, poeta aún no descubierto.

De ti, escritor humilde y generoso.

Sólo, de ti.

Pero, todavía no sé si huir es una opción cuando se trata de ti.

viernes, 1 de julio de 2016

¿Odio?

Te siento recorrer todo mi cuerpo, mi ser, mi alma.

Trato de huir, pero siento que no puedo correr más. Mis piernas ya no pueden mantenerse en pie.

Eres muy rápido. Me descuido un instante y me invades por completo.

Tengo miedo. 

Te tengo tanto miedo.

El cansancio me está acabando.

Ya te siento como una parte de mí, y eso me da tanto miedo.    

Siento que te vas fusionando con cada parte de mi cuerpo, de mi ser. De mi dañada y casi inexistente alma.

Me siento fría. Tengo miedo. Sé que eres tú.

Tú me haces esto.

Pero, de verdad ya no puedo más. Estoy tan dolida. Tan perdida. Tan ida.

Ya eres una parte de mí, y no tienes la menor idea del miedo que eso me causa.

Estás cambiando cada parte de mí.  No me reconozco.

Lo juro, yo no era así.

Pero llegaste tú. Traté de huir, de verdad que lo hice. Pero, ¡oh, Dios!  Eres muy fuerte

Con cada día que pasó te fuiste fusionando con cada una de mis células.                       

Ahora mi alma se siente fría, oscura. Perdida...

Y no sabes el miedo que me da el no sabes si hay marcha atrás.

Y, ¡oh Dios! Ya no hay lugar al que pueda huir.

El odio es fuerte, poderoso, tanto que no tienes idea. Con un solo pensamiento que tengas de él, podrá tener un lugar en tu alma. Y si le das la espalda y te descuidas, te invade por completo.

Te vuelves una parte de él, o él se vuelve una parte de ti. Sea como sea, no hay marcha atrás con ello.

Me siento fría, perdida.

Tengo miedo, tanto miedo.

Esta no soy yo. Me miro en el espejo y ya no me reconozco. Creo que eso es lo que más miedo me da. El no reconocer lo que un día fui.

Me siento perdida.   

Fría. Oscura.

Ésta no soy yo.

Pero gracias a él, ahora lo soy.

Y ya no hay marcha atrás.

Por más que me duela.

Ésta es mi nuevo yo.       

Alguien fría, perdida en sí misma.

Alguien ida, alguien corroída por el odio.

Alguien fría.

Alguien que no soy yo.

Un ser de alma oscura y alas cortadas.

jueves, 16 de junio de 2016

¿Dejando el pasado atrás? Quizá: “El día en el que te conocí y perdí”.

Un día como cualquiera, la felicidad estaba en el aire, las risas se escuchaban por doquier. Yo no esperaba algo importante para ese día, pensé que sería como cualquier otro, sonrisas falsas y abrazos forzados.

Pero, llegaste tú, al principio no te presté atención, o eso me digo yo. Pero estabas ahí, presente.

Nos presentaron, me diste la mano, algo normal, y lo dejé pasar.

Un poco más tarde, salí a la noche, el cielo estaba oscuro, nada brillaba en él, pero la inminente brisa, lo compensaba.

Me senté junto a ti, te hablé, escuché tu voz, suave, pero a la vez fuerte; tersa, pero a la vez áspera. Acariciabas cada sílaba con tus labios. Me contaste que tú también deliras, quiero decir, que tú también escribes; creo que eso hizo que me fijara más en ti. Me contaste sobre tu vida, te conocí un poco, aunque quería conocerte más. Te hablé de mí, y de verdad parecía que te importaba.

Y llegó ese momento, tan simple, tan tonto, un momento en el que me hablaste tan profundo, con tanta delicadeza, que ¡oh, Dios!, hizo temblar mi mundo. Quizás para ti no fue nada, pero para mí lo fue todo.

Me mirabas, me sonreías, te fijaste en mí, aunque sea un poco.

Estaba tan abstraída por ti, mi mente volaba; era una niña en ese momento; temblaba por dentro, y por fuera también, mis manos eran la prueba. Esta tan perdida en ti.

El tiempo pasó volando, la noche estaba en su clímax, en donde todo era más puro, más perfecto, donde la luna dominaba el camino, donde el sol ya no tenía un lugar.

Y, a pesar de no quererlo y de no poder evitarlo, me tocó despedirme de ti. Te sonreí, me diste la mano y un beso en la mejilla, y me dijiste “fue un gusto conocerte”, y yo saltaba por dentro, porque el gusto total y completamente fue mío.  

Porque en tan solo dos horas te convertiste en alguien sumamente difícil de olvidar y casi imposible de volver a conocer. Porque gracias a ti, los hombres ya no son iguales para mí, y porque gracias a ti, volví a escribir. Así que, gracias totales, por aparecer en mi vida, fugaz, pero dejando huellas.

Y, ahora me toca decirte adiós con este escrito, cerrar un ciclo y pasar la página, porque eres de esos que son difíciles de alcanzar, de superar, pero aún más, de olvidar.

Así que, adiós, y gracias por ese día, que pasó de ser “nada” a serlo “todo”.

Adiós, ser libre de alas plegadas.

Adiós, luchador constante.

Adiós, poeta y amante anhelante.

Adiós a ti...